



El animal que aprendió a quedarse quieto
Débora Pierpaoli
11 de abril | 4 de julio de 2026
“El lenguaje de Débora está hecho de incisiones, trazos brutos, nerviosos y fragmentarios, destrucción y creación conviven en un equilibrio inestable, sin saber qué está antes porque son lo mismo. Cualquiera de sus obras es un diario privado que omite toda confidencia autobiográfica”, señala Florencia Qualina en su ensayo crítico Chicas que nacen de los volcanes del libro Débora Pierpaoli de 2019.
En su análisis, Qualina propone una hipótesis lúcida sobre la que esta propuesta se asienta: los asuntos y los procedimientos en la práctica artística de Pierpaoli (Buenos Aires, 1979) son indisolubles.
Dentro de este marco, la pregunta que conmueve a Pierpaoli es la fragilidad de la existencia. Inestabilidad, debilidad, tenacidad, resiliencia, consistencia, furia, temor, visceralidad son algunas características que exhiben sus piezas en este paraguas poético que se inserta en diálogo con entornos político-sociales, afectivos y subjetivos que moldean nuestra experiencia.
El animal que aprendió a quedarse quieto reúne un conjunto de pinturas realizadas principalmente desde el 2020, con excepción de un pequeño roedor que persiste en mirarnos desde el año 2010. Este análisis de tópicos culturales que Débora considera transversales a su práctica es una constante. A pesar de que aquí hay reunidas obras de varios años, esta exposición pretende mostrar una poética pictórica menos conocida, en la que se repiten asuntos y procedimientos que dialogan fluidamente entre la cerámica y lo pictórico. Tótems, la presencia de animales (águilas, cisnes, roedores, caninos), la maternidad, la actividad física, la soledad, las máscaras son algunos de los motivos iconográficos que moldean su hacer en estos últimos años.
Aún así, esos gestos nerviosos, abruptos y vertiginosos, como estos motivos usuales, dan indicios de algo más. La obra de Débora relaciona
dos temas capitales en el orden de la existencia frágil: el lugar del arte en nuestra sociedad y la muerte, la finitud del cuerpo. Dos temas, por separado y, aún más, interrelacionados, a los que no se puede llegar a una respuesta cabal, convincente y madurada. Este rasgo de lo inconmensurable es un motor que constantemente la lleva a desaprender lo aprendido, a revisar lo estructurado, a motorizar desde una pregunta primigenia que supone una supervivencia constante, a mantener viva la pulsión y saber camuflarse para convivir en la sociedad y, como artista, ladear por los centros y los bordes como modus operandi.
A lo largo de las dos paredes más largas de la sala se exhibe un buen conjunto de pinturas. Algunas enmarcadas y colgadas a la pared; otras, embastadas y suspendidas del techo, flotando. Estas últimas son piezas figurativas en las que los personajes parecen posar momentáneamente y mirarnos fijamente. Es como si nos analizaran y vinieran acompañadas de algo indefinido: un ánima que existe en ellas.
Aquí no hay calma resignada. El animal que aprendió a quedarse quieto, aprendió a detenerse en el momento preciso, porque sabe que el
movimiento a veces es ruido, que la quietud es una forma de fuerza y no de rendición. Mientras posa para que lo miremos con atención, está
pergeñando algo más.
Sebastián Vidal Mackinson
