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Muerdo y duermo

25 de julio | 3 de octubre 2026 

Federico Rubi

OBRAS EXPUESTAS

Muerdo y duermo

Le había tomado tiempo percatarse de que estaba en otro entorno, a pesar de que abrazaba los motivos que habían propiciado la mudanza, a la que se había entregado con expectativas y nerviosismo. Día a día los enumeraba obsesivamente, siguiendo una lista que había ordenado cuando comenzaron a embalar sus objetos, a guardar la ropa y los muebles. A ese aparato lógico le encontraba coherencia.

Casi al mismo instante en que partieron, comenzó a extrañar la masa acuosa en la que había crecido. Recordaba a ese ser en movimiento constante, estrafalario, impertinente, bajo y marrón que se afanaba por ser el río más ancho del mundo. Esa dualidad siempre le había fascinado: la capacidad de ser magnánimo a escala global y la posibilidad de desenvolverse cerca de un conglomerado urbano con una abundancia de vida similar. Se había acostumbrado a que no existiera la distancia: su tamaño infinito cabía en el

ángulo de su mirada. Lo sentía como parte de su cuerpo.

La mudanza fue compleja y una vez en el nuevo destino, percibió que el horizonte se asemejaba al que añoraba: una línea que, a simple vista, parecía ser sólo una recta, aunque tuviera millones de pliegues a los que observar. Eran similares, pues, y sentía que se evocaban y confabulaban para su confusión, si no para divertirse, para su extrañamiento, y eso le provocaba hasta el extremo de la irritabilidad.

Con un malhumor creciente, comprendió que debía afincarse y comenzar sus tareas. Reanudar su vida. Despertaba, arropaba y les daba el desayuno a sus hijas; hacía las compras necesarias de todos los días con la esperanza de conocer personas y armar una nueva red de afectos. Aun con este ímpetu, comenzó a dormir mal; despertaba con la mandíbula tiesa. Sufría de bruxismo agravado. Durante las noches soñaba, o creía hacerlo, que mordía la almohada para aliviar el malestar, que en algunos momentos era un dolor agudo. No aceptaba la decisión de vivir en otro hábitat, por lo que nunca dejó de sentir cierto aturdimiento. La lista coherente, lógica y razonada no

le daba salida: sólo le invitaba a entrar al encierro.

Mientras aquel paisaje era abierto e infinito, este era eterno y sobrecogedor. No eran espejos, sino que se espejaban. Le provocaba desconcierto, se confundía con facilidad y perdía con recurrencia. Aquí, el panorama era de pampa, y sentía que era una habitación inconmensurable y esa grandeza no cabía en su ser: era pura exterioridad de clausura. Más aún, el viento aturdía. Potente, arremolinado, constante, siempre frío, caluroso, tibio. Cacheteaba. Sus ojos, orejas, boca y nariz empezaron a expulsar flujos corporales con polvo. Le resultaba molesto, por lo que optó por aislarlos. Prefirió usar una máscara hasta encontrar una solución.

Con esta sentencia, decidió que lo mejor sería alquilar un local para resguardarse y pasar tiempo y profundizar en sus intereses. Encontró uno en la avenida principal que tenía una gran vidriera a la calle por la que entraba abundante luz natural. Tenía algo diáfano y de pecera que le atraía. Allí podía estar con el rostro descubierto. Con la cercanía de la luz sobre su cuerpo, se propuso volver a pintar: agarrar los pinceles y volcarlos con material oleaginoso sobre las telas. Óleo sobre lienzo y, así, regresar a la ilusión de la ventana y la construcción de espacios, como una honra al rectángulo transparente que delimitaba su adentro y su afuera.

Hubo varios días en los que todo parecía acomodarse. Su rutina estaba asentada; había conocido a algunas personas a quienes les resultaba peculiar que usara máscara, pero con quienes pasaba momentos agradables; el paisaje comenzaba a mostrar una cadencia que le agradaba; sus jornadas eran plácidas. Así varios días en los que la templanza avizoraba un buen pasar. Un atardecer, mientras estaba en plena faena y había vuelto de los límites donde la ciudad se hace campo y viceversa, el gran vidrio reluciente de luz estalló y, con él, todo el resguardo. Los espantos regresaron triunfales con el viento y el polvo, y su santuario fue aniquilado. El aire era puro tacto contra su cara. Se tiró al piso y sólo atinó a jadear con los orificios de su cuerpo semiabiertos. Las partículas entraban sin cesar.

 

Ahora todo era cercanía: había un cuerpo dentro de sí. Un germen activo que desplegaba conflictos, células, micelios, constelaciones, luchas y viajes. Se sintió Barbarella. Se transformó en ella: aventurera, sexualizada, seductora, intrépida, revolucionaria, temeraria. En este nuevo territorio (entre las velocidades de sus órganos), notó que el sol era su guía, su corazón. Lo sentía bombear energía para que se acercara, explorara, se hipnotizara.

 

Cada órgano asumió escala monumental. La relación entre tamaño y proporción era perfecta. Quiso asumir la pose del Reposo, el cuadro magnánimo de Eduardo Schiaffino. Se desnudó y se puso de espaldas con las piernas extendidas y cruzadas y un brazo arqueado sobre la cabeza. No quería mostrarse, no pretendía que vieran su rostro porque suponía que alguien había entrado. En ese arranque de timidez y letargo, se sintió un adolescente; se transmutó en el Hermafrodito durmiente, el mármol helenístico restaurado por Bernini del Museo del Louvre.

Con el malestar de la adrenalina y la velocidad, se dio cuenta de que su enfado radicaba en no saber quién era. Se dio media vuelta. Miró hacia el techo de la habitación y atendió a mil constelaciones de polvos enérgicos, arremolinados, dulces y encantadores que la luz solar hacía resplandecer. Era el mediodía. En esa pose podía respirar. Mordió y durmió; supuso que era lo mejor que podía hacer.

Al despertarse, un gran evento tenía lugar. Había varios componentes que lo volvían inédito e inaudito en el relato oral en las esquinas de la ciudad, en los vientos de la pampa, en los amaneceres estrellados: habían encontrado su cuerpo desnudo con la ventana destruida, el rostro descubierto y los ojos abiertos. Notaron que tenía la mirada de las mil yardas: inerte, perpleja y desenfocada. La mirada de alguien que vivió un infierno.

Texto Sebastián Vidal Mackinson

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